Un marxista al frente de Naciones Unidas (II) - ReL


En esa nueva ética la dignidad correspondería a la Madre Tierra, que «por el hecho de ser viva y generadora de todos los seres vivientes, tiene dignidad (dignitas Terra). Esta dignidad reclama respeto y veneración y hace que ella sea portadora de derechos». Esta perspectiva biocéntrica niega la condición de Dios como bien supremo del hombre: «El gran Bien Común de la Humanidad y de la Tierra es la propia Humanidad como un todo», afirma Escoto. Su visión panteísta de la realidad se afirma al considerar «la comunidad de la vida humana – la Humanidad - como la parte consciente e inteligente de la misma Tierra». No somos hijos de Dios, sino que en palabras del sacerdote católico suspendido «todos somos hijos e hijas de la Tierra y a ella pertenecemos». Puro ecoateísmo de matriz indígena.

Eso sí, este revolucionario ecomarxista, que rinde culto a la Tierra y a la Energía de Fondo, termina en su desfachatez añadiendo a su mayonesa retórica, unas palabras de Benedicto XVI sobre la necesidad del reparto de los recursos entre los pobres, algo que siempre otorga credibilidad moral, da un toque distinguido a su prédica, y atrae a su discurso ecoateo a más de un cristiano despistado.

Escoto es la boca de esa camarilla de iluminados de la ciudadanía planetaria, bien situados en Estados y Organizaciones Internacionales, que en su lucha contra el Dios de la religión, promueven una espiritualidad del hombre para el hombre, un aquietamentes que no propicia la unión de la criatura con el Creador, sino del hombre con la Humanidad.