La puta vieja Celestina... - Presente y pasado - Pío Moa

... se ha convertido en el modelo de nuestros políticos y nuestras políticas. Todos y todas demuestran por la vida sexual de los ciudadanos una pasión que podría llamarse alcahuetería industrializada, en la que tampoco falta el móvil económico, pues nuestros mandamases saben cubrir perfectamente esa importante faceta de su vida profesional. Los últimos manejos en ese sentido de la ministra de sanidad o de muchos educadores para, dicen, la ciudadanía, son nuevos avances en esa dirección.

Un fenómeno en ascenso desde hace decenios, y que antes habría parecido increíble, es la progresiva invasión de todos los terrenos de la vida de las personas por el estado, o, mejor, por ciertos gobiernos, en un impulso que solo cabe calificar de totalitario, aunque se dé en las democracias. Ya Tocqueville lo describió proféticamente, llamándole despotismo democrático, una "servidumbre reglamentada, apacible y benigna" bajo un poder inmenso "que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar". "Un poder tutelas que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia".

Por supuesto, ese poder "benigno" y protector del goce, solo lo es en apariencia. Uno de sus aspectos más chocantes es la autoatribución por los políticos de la calidad de maestros de moral, incluso en el sexo. Chocante, porque una impresión extendida en la ciudadanía, y no del todo irreal ni mucho menos, es que la inevitable cuota de golfos presente en todas las profesiones, resulta desmesuradamente alta entre los profesionales del poder. Y ese poder celestinesco tiene efectos nada benignos, como el número creciente de embarazos de adolescentes, abortos, divorcios, niños criados en hogares monoparentales a menudo arruinados afectiva y educativamente, y otros efectos derivados como la expansión de las drogas, del alcoholismo, de la delincuencia juvenil y general, de la violencia doméstica, etc., es decir, de los que he llamado indicadores negativos de la salud social.