Para los cálculos del mundo todo esto son peanuts. Hablar de estas quinientas familias mientras los mercados financieros crujen, mientras Corea del Norte amenaza con una guerra nuclear, mientras el paro sigue desbocado y se recortan las prestaciones de nuestro antiguo bienestar... Y sin embargo nuestro futuro tiene que ver con la suerte de ese éxodo desconocido para las grandes tribunas. Porque si los cristianos desaparecen de Oriente Medio lo pagaremos muy caro todos: lo pagarán los países musulmanes sobre los que se cierne una crisis interna de proporciones brutales, y lo pagará la seguridad de este occidente escéptico y desentendido de su propia raíz, esa raíz de la que ha llegado a abominar en gran medida. Hemos de desplegar toda nuestra energía, medios económicos, relaciones políticas, alianzas, para proteger la vida de nuestros hermanos y acompañar su futuro. Debemos hacerlo sin descanso, pero hay algo más que decir.
Hubo una noche así. Una noche desconocida para los poderes de este mundo, en la que un matrimonio salió a escondidas del villorrio de Belén con un pequeño a lomos de un borrico, rumbo a Egipto, para burlar el decreto real que establecía su eliminación. Entonces nadie hubiera dado una moneda por su suerte, como nadie la da hoy por nuestros hermanos de Iraq. Pero la historia del mundo cambió gracias a aquella familia que parecía no contar para nadie, porque existe un amor y un poder sobre la faz de la tierra que excede de las ecuaciones de los políticos y de los medios. Un amor y un poder que tantas veces no entendemos, y que se valen de lo inerme y de lo pequeño para realizar su designio.