En el año 2021, mientras residía en España, mantuve una conversación bastante particular con un buen amigo. Estaba casado con una mujer musulmana y tenían una hija.
En cierta ocasión me contó que su esposa insistía en que la niña fuera educada como musulmana y asistiera a la mezquita. También trataba de convencerlo a él para que se convirtiera al islam.
Mi amigo no era un católico especialmente practicante, pero tampoco le agradaba que su esposa pretendiera cambiar su religión. En medio de aquella situación me preguntó qué podía hacer.
Entonces le propuse algo que pudiese dar solución a su encrucijada y que en esta oportunidad, les presento como una reflexión para estos tiempos.
Simbolismo de la santidad = monogamia en el bautizo de Jesucristo.
Los cuatro Evangelios relacionan el bautismo de Jesús con el descenso del Espíritu Santo “como paloma”. Mateo 3:16, Marcos 1:10, Lucas 3:22 y Juan 1:32 contienen esta imagen. En Lucas incluso se describe al Espíritu descendiendo en forma corporal semejante a una paloma.
El cristianismo terminó adoptando por ello a la paloma como uno de sus grandes símbolos del Espíritu Santo.
La conexión que planteo a continuación pertenece al terreno de la reflexión simbólica.
Resulta particularmente interesante que la zoología describa a la paloma común, Columba livia, como una especie socialmente monógama. Un estudio científico publicado en Scientific Reports se refiere expresamente a la paloma como una especie monógama y analiza la estabilidad de sus relaciones de pareja.
Otro estudio de comportamiento realizado por investigadores de la Universidad de Sheffield encontró fuertes conductas de protección de la pareja. Cuando los investigadores retiraron temporalmente a los machos, las hembras fértiles quedaron expuestas al acoso de otros machos, pero no buscaron copular con ellos.
Además, el vínculo no termina con la reproducción. Macho y hembra participan en la incubación y ambos alimentan a las crías; los dos progenitores producen incluso la denominada “leche de buche”.
Esto permite hablar con bastante propiedad de:
Pareja estable, monogamia social, cooperación y responsabilidad compartida en la crianza.
Y ahí comienza mi reflexión.
¿Una coincidencia solamente?
La paloma quedó asociada en la tradición cristiana con el Espíritu Santo, la paz, la pureza y la inocencia.
Y resulta sugestivo descubrir que el mismo animal presenta una estructura familiar basada principalmente en una pareja estable y monogámica que coopera de manera responsable en la reproducción y crianza.
El análisis de este simbolismo tiene por finalidad dejar en claro que dentro de la concepción cristiana de la santidad, la monogamia es un elemento de trascendental importancia. Ahora, si nos apartamos del simbolismo y nos fijamos en el texto bíblico, el fundamento del matrimonio monógamo es mucho más directo.
Génesis 2:24: presenta al hombre unido a su mujer, convirtiéndose ambos en “una sola carne”.
Éxodo 20:14: “No cometerás adulterio.”
Malaquías 2:14-16: condena la deslealtad hacia “la mujer de tu juventud” y presenta el matrimonio como un pacto delante de Dios.
Hebreos 13:4: manda honrar el matrimonio y preservar la fidelidad conyugal.
Mateo 5:27-28: Jesús enseña que la fidelidad no es solo externa; también alcanza los deseos y la intención del corazón.
Mateo 19:4-6: Jesús reafirma que esposo y esposa llegan a ser una sola carne y que no debe separarse lo que Dios ha unido.
1 Corintios 7:2-5: Pablo enseña la fidelidad, reciprocidad y deber mutuo entre esposo y esposa.
Efesios 5:25-33: al esposo se le ordena amar a su esposa como Cristo amó a la Iglesia; el amor matrimonial implica entrega, cuidado y permanencia.
1 Timoteo 3:1-7: El obispo debe debe ser irreprensible, marido de una sola mujer.
Por tanto, dentro de la tradición cristiana, la fidelidad exclusiva entre los esposos constituye un elemento fundamental del ideal matrimonial.
Volvamos ahora a mi amigo.
Su esposa musulmana, aunque se había criado en una España cristiana, (por lo tanto en pleno uso y disfrute de los modos, costumbres y libertades religiosas inherentes), deseaba que él abandonara su tradición cristiana y se convirtiera al islam.
En este contexto surgió la siguiente propuesta:
Dile que estás de acuerdo en convertirte al islam y que procurarás ser un musulmán fiel a las reglas de esa religión.
Dile también que en vista de que el islam permite que un hombre tenga más de una esposa, que vas a tener cuatro esposas.
La paradoja
Mi amigo regresó pocos días después riéndose, me dió un abrazo y me contó que había planteado a su esposa la propuesta.
La situación era paradójica:
Ella quería que su marido cristiano se hiciera musulmán.
Mientras él permanecía dentro de la concepción cristiana tradicional del matrimonio, su compromiso religioso era con una sola esposa.
Pero la religión a la que ella quería convertirlo reconoce al varón, la posibilidad de tener hasta cuatro.
Naturalmente, mi amigo no estaba anunciando que realmente quisiera buscar otras tres mujeres.
Era una provocación intelectual.
En esencia le estaba planteando:
“Si quieres que adopte tu religión, ¿estás dispuesta también a aceptar aquellos elementos de esa religión que no te resultan personalmente convenientes?”
Evidentemente la respuesta fue bastante clara.
Después de aquella conversación, según me contó entre risas, su esposa dejó de insistir en que se convirtiera al islam. La esposa de mi amigo le dió más valor a la monogamia matrimonial cristiana, que abrir la posibilidad a que su marido tuviese tres esposas más.
La paradoja se resolvió de una manera sencilla. Ahí estaba el motivo de la risa.
El cristianismo histórico ha desarrollado la monogamia como norma matrimonial, dentro del matrimonio cristiano, la fidelidad exclusiva ha trascendido la norma religiosa y se refleja en la mayoría de los ordenamientos civiles de los países occidentales.
La pareja deja de concebirse simplemente como una relación sexual y se convierte en un compromiso estable de fidelidad, responsabilidad, ayuda mutua y familia.
Y aquí vuelve a aparecer, el símbolo de la paloma.
No solamente forma pareja. Ambos progenitores participan en la crianza.
No solamente se reproducen. Cooperan.
No solamente permanecen juntos. Protegen y alimentan conjuntamente a sus descendientes.
Una reflexión final.
Quizá aquella conversación con mi amigo fue solamente una anécdota ocurrida en España. Pero detrás de las risas queda planteada una reflexión bastante seria:
¿Somos conscientes de las consecuencias que determinadas normas del islam pueden tener para las mujeres y las futuras generaciones de Occidente?
Durante siglos, las sociedades occidentales han avanzado en el reconocimiento de la libertad, la dignidad y la igualdad jurídica de las mujeres. Sin embargo, el islam permite al hombre tener hasta cuatro esposas (Corán, sura 4:3), admiten matrimonios con menores (Corán sura 65:4 y hadiz Sahih al-Bujari 5134), y establecen relaciones de autoridad masculina sobre la mujer.
En países como Afganistán, las mujeres y las niñas sufren graves restricciones para estudiar, trabajar y desplazarse libremente.
Particularmente preocupante resulta la sura 4:34 del Corán, que señala respecto a la desobediencia de las esposas:
"Primero amonestadlas; si persisten, abandonadlas en el lecho; y finalmente, castigadlas".
¿Cómo puede Occidente, que reconoce la igualdad entre hombres y mujeres, aceptar prácticas que permiten la poligamia masculina, el matrimonio infantil, la subordinación y hasta la violencia contra la esposa?