Instrumentos en las manos de Dios.


Dios actúa muchas veces a través de hombres y mujeres. Él es quien nos cubre, nos salva, nos fortalece y nos perfecciona. Los siervos que utiliza son solamente instrumentos de Su voluntad. En el bautismo, en el matrimonio, en una oración de sanación o en cualquier obra realizada conforme a Su propósito, el verdadero protagonista es Dios; el hombre es apenas un vínculo, un canal mediante el cual el Altísimo obra en favor de otros.

La gente habla mucho de la gente, generalmente para señalar sus defectos. Sin embargo, también existen testimonios acerca de hombres de Dios de quienes se dice que predican Su Palabra, oran por los enfermos, consuelan a los afligidos y ayudan a transformar vidas. Personas que estaban perdidas en el alcohol, las drogas, la inmoralidad sexual o la desesperanza han abandonado esas cadenas y han comenzado una vida nueva, fundamentada en principios, respeto y temor de Dios.

Pero el verdadero siervo, si realmente procura seguir el ejemplo de su Maestro, no busca que los hombres lo glorifiquen a él. Por el contrario, reconoce constantemente que no es nada sin Dios.

Comprende que ser cristiano es uno de los más grandes privilegios que puede recibir una persona y procura simplemente cumplir la voluntad del Señor. Por eso invita a los demás a convertirse, a acercarse a Jesucristo y a leer las Sagradas Escrituras, porque la Palabra de Dios conduce a la vida.

Enseña que el Señor es nuestra roca espiritual y nuestro sustento; que podemos depositar ante Él nuestras angustias y preocupaciones y confiar plenamente en Su misericordia.

También invita a los creyentes a asistir a las iglesias no solamente preguntándose:

«¿Qué puede hacer la iglesia por mí?»

sino, principalmente:

«¿Qué puedo hacer yo para servir a Dios?»


Ese cambio de actitud convierte al creyente en un verdadero soldado de Cristo, dispuesto a trabajar para la glorificación de Dios y para el bien de sus semejantes.

Queridos hermanos: nuestras obras deben convertir nuestra fe en un testimonio visible para la gloria a Dios.

Cuando somos siervos del Señor entendemos también que Él nos forma, nos corrige y nos perfecciona. Y ese proceso no siempre es sencillo. Incluso podemos experimentar aquello que enseñó Jesucristo:

«No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa».
Mateo 13:57

Por eso, cuando nos corresponde abandonar nuestra tierra, enfrentar dificultades o comenzar nuevamente lejos de aquello que conocemos, debemos acrecentar nuestra fe y recordar que es Dios quien puede sostenernos espiritual y materialmente, a nosotros y a nuestras familias.

Vivir de esta manera marca la diferencia. Nos permite convertirnos, por la gracia de Dios, en guía, ejemplo y luz para nuestros hermanos.

También debemos reconocer y desarrollar los dones que el Señor ha depositado en nosotros. Moisés expresó un profundo deseo:

«Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos».
Números 11:29

Y el Nuevo Testamento nos exhorta igualmente:

«Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis».
1 Corintios 14:1

¿Con qué propósito?

La propia Escritura responde:

«Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación».
1 Corintios 14:3

Ahí encontramos una misión extraordinariamente clara: edificar al que está débil, exhortar al que se está apartando y consolar al que sufre.

No necesitamos buscar nuestra propia gloria. La gloria pertenece a Dios. Nuestra responsabilidad consiste en estar disponibles para que Él nos utilice allí donde nuestra palabra, nuestro ejemplo y nuestras obras puedan conducir a una persona hacia la verdad, la esperanza y la vida.

Seamos instrumentos útiles en las manos de Dios. Seamos servidores, testigos y obreros de Su Reino.

Ricardocarlindelacruz.blogspot.com