En Génesis 6:3, Dios declara:
“No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años.”
Este pasaje ha sido interpretado de dos maneras principales: como una referencia a 120 años antes del diluvio, o como el establecimiento de un límite relacionado con la longevidad humana. En todo caso, el principio central es inequívoco: Dios, y no el hombre, tiene soberanía sobre la duración de la vida.
Posteriormente, Moisés expresa la duración ordinaria de la vida humana:
“Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años…”
Salmo 90:10
Sin embargo, el propio Moisés constituye una excepción extraordinaria. La Escritura afirma que murió a los 120 años, pero añade algo verdaderamente excepcional:
“Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor.”
Deuteronomio 34:7
Esto no significa simplemente que Moisés “llegó vivo” a los 120 años. El texto bíblico recalca que conservaba la vista y la fuerza física. Y el capítulo comienza diciendo que, antes de morir, “subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga”.
Vamos a tratar de explicar la dimensión física de este hecho. El monte Nebo alcanza aproximadamente 710 metros sobre el nivel del mar, y fuentes oficiales de turismo de Jordania describen su elevación respecto del valle del Jordán en torno a 700 metros.
Para visualizarlo: 700 metros de ascenso vertical equivaldrían aproximadamente a subir por las escaleras un edificio de unos 230 pisos, suponiendo unos 3 metros de altura por piso.
Naturalmente, esto es solo una comparación ilustrativa: la Biblia no dice que Moisés ascendiera exactamente 700 metros de desnivel ni conocemos con precisión la ruta que siguió. Pero sí afirma inequívocamente que a los 120 años fue capaz de subir desde las llanuras de Moab hasta la cumbre del monte.
Por eso Deuteronomio 34:7 cobra tanta fuerza: Moisés no aparece como un anciano de 120 años debilitado y postrado, sino como un hombre que, hasta el final de su vida, conservó una capacidad física extraordinaria. Dentro del propio relato bíblico, esto señala una condición excepcional vinculada a una categoría bíblica/espiritual pues inmediatamente después es llamado:
“Moisés, siervo de Jehová”
—Deuteronomio 34:5.
En conclusión, su longevidad no solamente fue extraordinaria; también lo fue la conservación de su vigor hasta el último día de su vida.
Caleb presenta otro caso notable. Dios lo llama expresamente:
“Mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y decidió ir en pos de mí…”
Números 14:24
A los 85 años, Caleb declaró:
“Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió… cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra.”
Josué 14:10-11
En ambos casos, la Escritura dirige nuestra atención no hacia una técnica de rejuvenecimiento, sino hacia Dios, la fidelidad de sus siervos y el propósito para el cual sus vidas fueron preservadas.
Job constituye otro ejemplo. Dios lo llama repetidamente “mi siervo Job” y, después de su prueba, restauró su salud y permitió que viviera otros 140 años (Job 42:16).
También encontramos un caso donde Dios añade expresamente años a una vida. A Ezequías le dijo:
“He oído tu oración, y he visto tus lágrimas… añadiré a tus días quince años.”
Isaías 38:5
Es significativo que allí también intervino un tratamiento: Isaías ordenó colocar una masa de higos sobre la llaga (Isaías 38:21). Por tanto, la Biblia no enfrenta necesariamente medicina y fe. La medicina puede ser utilizada para sanar; pero la Escritura atribuye finalmente la vida y sus días a Dios.
Jesús también advirtió contra la pretensión humana de disponer autónomamente de muchos años. En la parábola del rico, este se dijo:
“Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años…”
Pero Dios le respondió:
“Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma.”
Lucas 12:19-20
El problema no era querer vivir, sino actuar como si los años futuros fueran propiedad garantizada del hombre.
Por eso, frente a quienes hoy pretenden prolongar radicalmente la existencia mediante genética, biotecnología, medicamentos o inteligencia artificial, la respuesta bíblica no consiste en rechazar la ciencia, sino en recordar sus límites:
Cuidar la vida es legítimo; intentar sustituir la soberanía de Dios sobre la vida es otra cosa. La medicina puede añadir salud a nuestros años, pero no posee autoridad sobre el número final de nuestros días.
Y existe todavía una diferencia fundamental entre la promesa científica de longevidad y la esperanza cristiana: el objetivo último del cristianismo no consiste en prolongar indefinidamente esta vida, sino en recibir vida eterna.
Jesús no dijo: “Yo he venido para que vivan 150 o 200 años”. Dijo:
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”
Juan 10:10
Y finalmente:
“El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Juan 11:25
Así, desde la perspectiva bíblica, la gran victoria sobre la muerte es la resurrección. La medicina puede retrasar la muerte; Cristo la venció en la Cruz.
Hno. Ricardo Carlin de la Cruz.