“ Yo Soy el camino, la verdad y la vida” Juan 14:6
Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la
puerta, entraré, y cenaré con él y él conmigo Apocalipsis 3:20
Los cristianos reconocemos a Jesucristo como Señor y Salvador y confesamos su naturaleza divina. Esta convicción no depende de un solo versículo aislado, sino del testimonio conjunto del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Al anunciar el nacimiento de Jesús, Mateo aplica a Él la profecía de Isaías:
«Emanuel», que traducido es: «Dios con nosotros».
Esta declaración remite directamente a la profecía mesiánica:
Isaías presenta además al Mesías mediante títulos extraordinarios:
«Dios Fuerte» y «Padre Eterno».
Desde las profecías mesiánicas encontramos, por tanto, declaraciones que preparan el camino para comprender la identidad divina de Jesucristo.
El Verbo era Dios y todas las cosas fueron creadas por medio de Él
Juan comienza su Evangelio afirmando que el Verbo estaba con Dios y que: «el Verbo era Dios».
Añade inmediatamente que todas las cosas fueron hechas por medio de Él.
Más adelante Juan identifica claramente a ese Verbo con Jesucristo:
Pablo presenta la misma realidad al hablar de Cristo como imagen del Dios invisible y afirmar que por medio de Él fueron creadas todas las cosas, visibles e invisibles, y que todas las cosas en Él subsisten.
La carta a los Hebreos añade que el Hijo es:
«el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia»
y declara que Él sustenta todas las cosas con la palabra de su poder.
Cristo existía antes de la creación
Jesús mismo habló de la gloria que poseía junto al Padre antes de que el mundo existiera:
Esto concuerda con Juan 1 y Colosenses 1: Jesucristo no comienza su existencia en Belén. Su nacimiento humano constituye su entrada en la historia como hombre, pero las Escrituras presentan su existencia como anterior a la creación del mundo.
En Cristo habita toda la plenitud de la Deidad
Uno de los textos más directos aparece en la carta a los Colosenses:
«Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad».
La expresión es particularmente significativa: Pablo no se limita a atribuir a Cristo cualidades divinas, sino que afirma que en Él habita toda la plenitud de la Deidad.
Jesucristo existía en forma de Dios
Pablo escribe acerca de Jesucristo:
«siendo en forma de Dios...»
El pasaje describe su humillación voluntaria, su obediencia hasta la muerte de cruz y su posterior exaltación, declarando que ante Jesús se doblará toda rodilla y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor.
Otro texto tradicionalmente utilizado para expresar la manifestación divina en Cristo es:
La Reina-Valera 1960 contiene la expresión: «Dios fue manifestado en carne».
«Antes que Abraham fuese, yo soy»
En una controversia con sus adversarios, Jesús afirmó:
«Antes que Abraham fuese, yo soy».
La expresión «Yo soy» adquiere una especial importancia cuando se compara con la revelación del nombre de Dios a Moisés:
La reacción inmediata de quienes escuchaban a Jesús —tomaron piedras para arrojárselas— demuestra además que entendieron aquellas palabras como una afirmación extraordinaria acerca de su identidad.
«Yo y el Padre uno somos»
Jesús declaró:
«Yo y el Padre uno somos».
Sus adversarios respondieron acusándolo de blasfemia porque, siendo hombre, según ellos, se hacía Dios.
Juan registra anteriormente una reacción semejante cuando explica que perseguían a Jesús porque llamaba a Dios su propio Padre:
«haciéndose igual a Dios».
Poco después aparece otra afirmación de enorme importancia:
todos deben honrar al Hijo como honran al Padre.
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»
Jesús dijo a sus discípulos:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre».
Y añadió:
«Yo soy en el Padre, y el Padre en mí».
Estas palabras revelan una extraordinaria unidad entre el Padre y el Hijo y presentan a Cristo como la revelación perfecta del Padre.
Tomás reconoce a Jesús como Dios
Después de haber dudado de la resurrección, Tomás se encuentra frente al Cristo resucitado y exclama:
«¡Señor mío, y Dios mío!»
Es especialmente significativo que Jesucristo no rechaza ni corrige esta confesión.
Jesús recibe adoración
Los Evangelios también registran ocasiones en las que Jesús recibe adoración.
Después de su resurrección:
Y cuando sus discípulos lo encontraron en Galilea:
También el hombre a quien Jesús había dado la vista declaró creer en Él y le adoró:
Esto adquiere especial relevancia dentro del contexto bíblico, donde la adoración pertenece a Dios.
Cristo: Dios sobre todas las cosas
Pablo, hablando de Israel y de la procedencia humana de Cristo, escribe:
La Reina-Valera 1960 contiene esta expresión referida a Cristo:
«Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos».
Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo
Pablo exhorta a los creyentes a esperar:
«la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo».
Pedro utiliza una expresión prácticamente paralela:
«nuestro Dios y Salvador Jesucristo».
Ambos textos constituyen declaraciones apostólicas particularmente importantes acerca de la identidad de Cristo.
Jesucristo: verdadero Dios y vida eterna
Juan concluye su primera epístola declarando:
«Este es el verdadero Dios, y la vida eterna».
El Hijo es llamado «Dios»
La carta a los Hebreos declara expresamente acerca del Hijo:
«Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo».
Este pasaje cita:
La importancia del texto radica en que Hebreos aplica expresamente al Hijo las palabras:
«Tu trono, oh Dios».
El Creador eterno: un texto del Antiguo Testamento aplicado al Hijo
La argumentación de Hebreos continúa con una declaración aún más sorprendente.
Refiriéndose al Hijo, dice:
«Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos».
Estas palabras proceden del:
En el Salmo se habla del Señor como Creador eterno. Hebreos aplica este pasaje al Hijo, reforzando nuevamente su preexistencia, eternidad y participación en la creación.
Además, Hebreos declara:
«Adórenle todos los ángeles de Dios».
Isaías anuncia el camino de Jehová; el Nuevo Testamento lo aplica a Jesús
Existe otra relación particularmente significativa entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Isaías profetizó:
«Preparad camino a Jehová».
Siglos después, los Evangelios aplican esta profecía a Juan el Bautista preparando el camino para Jesucristo:
La relación merece ser observada detenidamente:
Isaías anuncia que alguien preparará el camino de Jehová; los Evangelios identifican a Juan como esa voz y presentan a Jesucristo como aquel cuyo camino Juan estaba preparando.
El interrogante de Proverbios
En el Tanaj, las Escrituras hebreas que los cristianos denominamos Antiguo Testamento, encontramos una pregunta particularmente llamativa en el libro de Proverbios (Mishlé):
Después de preguntar quién subió y descendió del cielo, quién encerró los vientos y quién estableció los términos de la tierra, el texto pregunta:
«¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?»
Para los cristianos, este interrogante que incluye a un "hijo" de Dios, adquiere una dimensión especialmente significativa a la luz de la revelación de Jesucristo en el Nuevo Testamento.
Un testimonio bíblico convergente
Ninguno de estos textos debe analizarse aisladamente.
Cuando reunimos el testimonio bíblico encontramos que Jesucristo:
existía antes de la creación;
participó en la creación de todas las cosas;
sostiene todas las cosas;
poseía gloria junto al Padre antes que el mundo existiera;
es llamado Dios;
contiene corporalmente toda la plenitud de la Deidad;
recibe honor y adoración;
utiliza expresiones vinculadas a la identidad divina;
recibe títulos que el Antiguo Testamento atribuye a Dios;
y es confesado por los apóstoles como Señor, Dios y Salvador.
Por todo ello, la confesión cristiana acerca de la divinidad de Jesucristo no descansa sobre una frase aislada ni sobre una interpretación accidental.
Surge del testimonio convergente de las Escrituras.
Jesucristo es Señor, Salvador y Dios.
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre».
